Dhaulagiri

El gran reto venezolano de los ochomil metros

Ochomil metros. El solo nombrar esa cifra hace que cualquier montañista comienze a soñar, porque esa no es una cifra cualquiera. Las montañas más altas del mundo tan solo sobrepasan esa altura. Hay bastantes que alcanzan los siete mil metros, pero sólo catorce culminan sus líneas a más de ochomil metros.

Y ochomil metros no son cualquier cosa. No es lo que se diga un ambiente ideal para la vida humana. De hecho, es casi el límite en el cual puede un cuerpo humano sobrevivir. Incluso durante muchos años, se pensó que el oxígeno disponible era tan poco, que la única forma de ascender a esa altura era con tanques de oxígeno. Y aún hoy en día, cuando se ha demostrado que sí es posible hacerlo a pulmón, son muchos los que siguen utilizando los tanques de oxígeno. Porque ochomil metros es demasiado cerca del límite. Probablemente si hubiera una montaña de nuevemil metros, ya no sería posible alcanzarla en forma natural. Así de cerca está el límite.

Afortunadamente para los montañistas, el Everest, que es el más alto, llega a 8848 metros. Y por eso, el hombre ha logrado conquistar el llamado tercer polo. Ya no es el polo norte, ó el polo sur, sino el polo más alto. Y las catorce montañas que están sobre los ochomil metros, se han elevado a la categoría de mitos. Leyendas. Sueños en la mente de cualquier montañista.

Después de ascensiones cada vez más difíciles, nuestra confianza se iba fortaleciendo. Y los ochomil metros dejaron de ser un sueño lejano, para ser una posibilidad real. En esto influyó no sólo nuestro avance a nivel técnico, sino también el decisivo impulso que conseguimos al lograr involucrar a empresas e instituciones en nuestro proyecto. Necesitábamos mucho apoyo financiero, y cuando empresarios progresistas se convencieron de que nuestra actividad se podía utilizar en forma productiva, se consolidó un ambicioso proyecto a largo plazo: nuestro Proyecto Cumbre. La idea, era poner a Venezuela en las más altas cumbres del planeta. Para ello contábamos con nuestra experiencia cosechada durante años de dedicación, y con la participación de un grupo de prestigiosos patrocinantes.

Así, entre carreras y ajetreos, de pronto nos dimos cuenta que estábamos en un avión, comenzando la aventura de coronar a uno de los gigantes de la Tierra. Ibamos al Dhaulagiri, una montaña de 8167 metros, en el Himalaya de Nepal.

Llegar a estas lejanas tierras, aunque no sea ya por primera vez, es siempre una experiencia que asalta a todos nuestros sentidos. Aquello es un mundo diferente, una realidad distinta a nuestra cotidianidad. Sin embargo la gente de allí es gente como cualquiera de nosotros. Viven su mundo, así como nosotros tenemos el nuestro. Todos somos personas haciendo nuestras vidas, construyendo nuestras historias.

Durante todos esos días en que vamos acercándonos a nuestro objetivo, caminamos por valles de extraordinaria belleza. Los momentos que se viven en esa marcha de aproximación, junto a los habitantes de la zona y con paisajes de ensueño, son a veces tan intensos como los que se viven durante la propia escalada. Las montañas no son sólo una masa de piedras y nieve para subir, sino un lugar que determina la forma de vida de muchas personas. Incluyendo la nuestra.

Ya en el campo base nos quedamos solos ante la montaña. Ahora todo dependerá de nosotros y de ella. Desde que llegamos se hace evidente que esta no va a ser una tarea fácil. Escalar una montaña nunca es tarea fácil, mucho menos una de estas dimensiones. Pero sabíamos a lo que veníamos, así que pronto nos vemos inmersos en lo que será nuestra dinámica de vida durante las próximas semanas. Se sube y se baja muchas veces, llevando cargas de material cada vez alto, preparando así la ruta de ascenso, y permitiendo a la vez una progresiva adaptación de nuestro cuerpo a la altura extrema en la que nos encontramos.

Durante todo este proceso, cada quien va haciendo su parte. Somos un buen equipo, en el cual cada uno tiene ciertas habilidades, y por tanto un papel para cumplir. Y de acuerdo a la situación específica en que nos encontramos, la iniciativa y el liderazgo van cambiando entre nosotros. Es algo natural, que no se fuerza. Si tenemos que superar un muro de roca, el mejor escalador entre nosotros es quien dirige esa parte. Si se trata de organizar la comida y el equipo para los diferentes campamentos, el más metódico y ordenado de nosotros es quien toma la batuta. Incluso con cada día, quien se sienta mejor físicamente, será quien vaya adelante, decidiendo la ruta y abriendo la huella para los demás.

Los días iban pasando, y aunque íbamos avanzando en la montaña, nos preocupaba que las condiciones climáticas se mostraban cada vez peores. Hasta cierto punto, era posible ir trabajando con esas condiciones, pero a partir de cierta altura, necesitaríamos de un período de buen tiempo para poder ascender en las partes más altas de la montaña. Soportar una tormenta en nuestro campamento base, a 4600 metros, era fuerte pero llevadero. Nuestros campamentos uno y dos, establecidos a 5700 y a 6400 metros, tambien habían aguantado los embates del clima, y se mantenían funcionales. Pero nuestro campamento tres, que establecimos a 7200 metros, estaba demasiado expuesto a lo brutal de las condiciones.

Después de tres semanas en la montaña, parece increíble que no hayamos tenido más de cinco días de buen clima, y nunca seguidos. A veces te sientes abrumado, cuando piensa en todo el esfuerzo que ha representado venir a un lugar como este, tanto trabajo durante meses, para que te puedas conseguir con unas condiciones adversas que impidan totalmente tu ascenso. De nada vale toda la preparación física y técnica que hayas conseguido; si la montaña no lo permite, no podrás subirla. Aquí no hay jerarquías que valgan, ni tus éxitos pasados, ni tu prestigio alcanzado. Lo que cuenta es lo que haces en cada momento, lo que decides en cada situación. Allí es donde cobra importancia trascendental, la experiencia que hayas ido cosechando a lo largo del tiempo. Sólo haciendo caso a esa experiencia, es que lograrás tomar la mejor decisión; la más acertada.

En el Dhaulagiri la decisión no era fácil. Había mucho esfuerzo material y emocional detrás de nuestro grupo, y nos sentíamos con un compromiso ante nosotros y ante los que nos apoyaban, de hacer nuestro mejor intento. Pero la montaña estaba imponiendo su poder, y no daba tregua. Muchas expediciones ya se habían retirado, incluso tras haber sufrido algunos accidentes. Sólo dos grupos permanecíamos en la montaña, tratando de tener una oportunidad, pero finalmente la situación se hizo insostenible. Los campamentos uno y dos estaban prácticamente sepultados bajo la nieve, y el campamento tres había sido totalmente destrozado por la fuerza de los vientos. La única opción posible fue comenzar el regreso. Tuvimos que renunciar a la cumbre.

Ya en la bajada, mientras el clima seguía castigándonos con tormentas, nuestra mente no paraba de reflexionar y buscar respuestas. Había un sentimiento de frustración, pues todo nuestro esfuerzo y preparación física y mental, no habían sido suficientes para alcanzar nuestro objetivo. Pero a la vez, no sentíamos que hubíeramos fracasado, o que nos hubieran derrotado. Sabíamos que habíamos dado nuestro mayor esfuerzo, y que no haber alcanzado esta cumbre era un momento adverso pero pasajero. Es imposible seguir un camino tan largo y exigente sin sufrir tropiezos. El nuestro era un gran reto, y sabíamos que no todo iban a ser triunfos y alegrías.

Así pues, apenas regresando de nuestro viaje, ya en la mente estaba el siguiente proyecto. Asumimos nuestra experiencia en el Dhaulagiri, como algo de lo que aprender mucho. Analizamos lo que había pasado, nuestras fallas y nuestros aciertos, para corregir lo negativo y reforzar lo positivo. Tratamos de fortalecer nuestros puntos débiles, y nos encaramos a un nuevo reto. El Dhaulagiri pasó a ser parte de nuestra historia, y el futuro tomó el nombre de otra montaña: el McKinley, apodada la montaña más fría del mundo.

Fecha : Abril - Mayo 1997
Patrocinantes : Solera, Merinvest, Ballantine's
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