Muztagh Ata

Esquiar a sietemil ...

Basta que una expedición esté llegando a su fín, para que ya nuestra mente comienze a soñar y a pensar en los próximos proyectos. Al regreso del Shisha Pangma, en Octubre del 98, muchas ideas estaban en el ambiente. Algunos proponían intentar otro ochomil... Otros hablaban de afrontar una escalada técnica. O tal vez se podría hacer un vuelo en parapente desde una gran cumbre... Pero al final escogimos un reto distinto: aprenderíamos a esquiar, y realizaríamos una expedición al Muztagh Ata. !Un sietemil en esquíes!

El Muztagh Ata, con sus 7546 mts, es una de las más altas cumbres de la Cordillera del Pamir, en el corazón del Asia Central. El "padre de las montañas de hielo" es una montaña de formas suaves y redondeadas, con grandes acumulaciones de nieve, por lo cual presenta un terreno idóneo para ascensiones en esquí. Usando la técnica del esquí de travesía ó "randonée", se puede avanzar con gran rapidez y seguridad, pues el montañista no se hunde tanto en la profunda nieve, y aprovecha las ventajas del esquí para realizar rápidos descensos.

Pero antes de intentar el ascenso, había un detalle que considerar: algunos de nosotros no se habían puesto un esquí en toda su vida... Así que primero era necesario realizar un curso y entrenamiento específico, donde aprendieran los que no sabían esquiar y se perfeccionaran los que ya habían practicado el deporte.

En el mes de Abril de 1999 nos trasladamos a los Alpes Suizos, a realizar un programa en esquí dirigido por los guías Rudy y Suzanne Amherd. Nuestro grupo estaba formado por Carlos Castillo, Marco Cayuso, José Antonio Delgado, Martín Echevarría, y Marcus Tobía. Durante más de dos semanas realizamos prácticas primero en pistas, y luego a campo traviesa, en el increíble escenario del Valais. Se recorrió la travesía Saas Fee - Zermatt, y parte del macizo del Monte Rosa; y se realizaron ascensiones al Strahlhorn, Breithorn, Breithorn de Simplon, Bortelhorn, y otros. Si bien no nos convertimos en campeones olímpicos, sí adquirimos las destrezas y técnicas básicas que nos permitirían aventurarnos en las laderas del Muztagh Ata.

El 18 de Julio comenzó nuestro periplo aéreo, que nos llevó a través de Holanda, los Emiratos Arabes Unidos, y finalmente Pakistán. Aparte del reto de la ascensión en esquí, este viaje tenía otro gran atractivo: conoceríamos una zona en la cual nunca habíamos estado. Vivir en algo la cultura musulmana de Pakistán, y atravesar la Cordillera del Karakorum a través de una carretera vertiginosa, eran parte esencial de nuestra ilusión.

El Muztagh Ata se encuentra en la región de Xinjiang, en China, muy cerca de la frontera con Pakistán. Saliendo desde Islamabad, la capital de Pakistán, comenzamos a remontar las laderas del Himalaya a través de la "Karakoram Highway". Debido a lo abrupto del terreno, a los severos extremos climáticos, y a la actividad sísmica de la zona, la construcción de esta carretera demoró más de 12 años, y más de 800 trabajadores perdieron la vida durante la ejecución de la obra.

Recorrer más de 1000 kilómetros por una vía de esta naturaleza puede requerir un número impredecible de días, pues son muy frecuentes los derrumbes y deslizamientos. Nosotros tuvimos suerte, y en cuatro días estábamos atravesando el legendario paso del Khunjerab, a más de 4700 mts de altura. Durante siglos, este paso ha sido parte de la llamada Ruta de la Seda, permitiendo la comunicación a través de una accidentada región, donde se cruzan el Himalaya, el Karakorum, el Hindukush y el Pamir.

El 26 de Julio alcanzamos el lago Kara Kul, cerca del cual comenzaría nuestra caminata. Este lago, a 3700 mts de altura, se encuentra a los pies del Muztagh Ata; y está rodeado por varios poblados de la etnia Kirgiz, habitantes de las altas estepas tártaras.

Para trasladar todo nuestro equipo y material al campamento base, nos servimos del medio de transporte más confiable de la zona: los camellos bactrianos. Estos animales de gran fortaleza, están perfectamente adaptados a la combinación de bajas temperaturas, fuertes vientos, y extrema aridez, características del área.

El día 28 de Julio quedó completamente instalado nuestro campamento base, a 4300 mts de altitud; y en seguida comenzamos el laborioso proceso de montar los campamentos de altura. El campamento 1 se ubicó a unos 5350 mts, justo donde comienza el glaciar. El terreno sobre el cual armamos la carpa era de rocas y hielo, por lo que preparar una plataforma nos llevó más de cuatro horas de trabajo. El clima se mostraba inestable en estos primeros días, pero al estar moviéndonos aún en las partes bajas de la montaña, podíamos continuar con la realización de los porteos.

La parte más técnica del ascenso era el recorrido del campo 1 al campo 2. Había que atravesar una zona de grandes grietas, sobre las cuales se hacía evidente la ventaja de estar utilizando los esquíes. También en esta etapa había que superar una empinada canal, que obligaba a realizar numerosos zig-zags en el ascenso, y delicados giros en el descenso. La dificultad dependía en gran medida de las variables condiciones de la nieve, y del peso que transportáramos sobre nuestras espaldas..

El campamento 2 quedó establecido y abastecido con dos carpas y comida para varios días, a unos 6200 mts. Tras esta labor de ocho días de constantes subidas y bajadas, descendimos todos al campamento base para tomarnos un descanso. Allí pudimos gozar de esos pequeños lujos como darse un baño en el riachuelo, contemplar a las marmotas en los prados de los alrededores, ó probar los deliciosos platos que nos preparaba nuestro gran cocinero Aziz. Tanto sus servicios como los de nuestro oficial de enlace chino, Wayne, fueron dignos de los mejores elogios.

Nuestra estrategia para el ataque a cumbre era desplazar el campamento 2 hacia el Campo 3, en estilo semi alpino, y así evitarnos el tener que portear más material que se convertiría en una carga para el descenso. Sin embargo, varios factores nos llevaron a considerar la posibilidad de intentar alcanzar la cumbre desde el mismo campo 2. Estábamos en un período de buen clima que no duraría mucho, así que era una buena idea ganar un día. Nuestro excelente estado físico y anímico, la velocidad de los descensos en esquí, y las quince horas de luz que teníamos cada día, nos inclinaban cada vez más a la opción de saltarnos el campamento 3.

El día 7 de Julio partimos hacia el campamento 1, donde pudimos contemplar los hermosos juegos de luz y sombra de un soleado atardecer. Sin embargo durante la noche, las estrellas se convirtieron en copos de nieve; y en el gris amanecer extrañábamos el esplendor del ocaso. Ascendimos al campo 2 con un clima incierto, pero a ratos el sol asomaba entre las nubes, por lo cual inferíamos que no se trataba de una tormenta. En la tarde el clima seguía sin definirse, y nos sumergimos en nuestros sacos de plumas sin saber qué esperar para el día siguiente.

A las tres de la madrugada (hora Xinjiang) sonó el despertador. No había estrellas, ni nevaba, ni hacía demasiado frío; todas señales ambiguas que no indicaban nada claro. Decidimos prepararnos como si fuéramos a salir, para así estar listos en caso de que aclarase.

Con las primeras luces del alba, el panorama se despejó un poco, y decidimos hacer el intento. A las seis y cuarto comenzamos a abrir la huella, labor facilitada enormemente por el uso de los esquíes. A medida que ascendíamos el sol comenzó a calentar la montaña, y las nubes se fueron disipando. Cuando pasamos por el lugar del campamento tres, a 6800 mts, avanzábamos con un magnífico ritmo; y el sol brillaba por encima de un mar de nubes que se desplegaba a nuestros pies. Sólo nos preocupaba la nube lenticular (de viento) que se había formado sobre la zona de la cumbre.

Pasando los 7000 metros alcanzamos el límite de la nube, y las condiciones cambiaron dramáticamente. La visibilidad se fue reduciendo, hasta que en ocasiones no nos veíamos entre nosotros a tan sólo diez metros. El frío tambien se hizo más intenso con el viento, y pronto estuvimos cubiertos con una delgada capa de hielo. Ibamos colocando banderines de señalización para facilitar nuestro descenso, y esporádicamente encontrábamos otros dejados por anteriores expediciones. La brújula y la pendiente nos marcaban el rumbo, pero cada vez era más difícil encontrar la ruta. En un momento cavamos un pequeño hoyo en la nieve, para resguardarnos de la ventisca durante un rato y reubicar la ruta. La pendiente era cada vez menor, y sabíamos que debíamos estar muy cerca, pero las condiciones eran cada vez peores, y el reloj seguía marchando.

La ladera oeste del Muztagh Ata va perdiendo su inclinación paulatinamente, formando en su cúspide un amplio casquete. Tras cuatro horas en un infierno blanco, nos movíamos como fantasmas en un terreno prácticamente plano. El altímetro marcaba una altura mayor que la de la cumbre, lo cual era lógico por la climatología reinante. En varias ocasiones creíamos haber llegado a la cumbre, y entonces descubríamos desconcertados un punto ligeramente más alto. Así estuvimos casi una hora, deambulando por esta planicie cimera. Ni siquiera nos animamos a tomar fotos, pues las condiciones eran demasiado rudas. Tan solo por quitarse los guantes un instante, para ajustar las fijaciones del esquí a la posición de descenso, se corría el riesgo de helarse las manos.

El reloj indicaba que sólo nos quedaban tres horas de luz, así que emprendimos el regreso. Dar los giros a esta altura era tremendamente agotador, pero no teníamos chance de descansar mucho. Apenas habían transcurrido unos diez minutos del descenso, ya extraviamos la ruta. Nuestra huella había desaparecido completamente, y en la última parte no habíamos podido colocar muchas banderolas pues no teníamos más. Seguimos descendiendo a ciegas, guiados por la brújula y la intuición. Todos los sentidos puestos en el terreno, tratando de detectar cualquier señal conocida; o cualquier grieta... Todo era blanco; imposible de saber dónde terminaba la nieve y comenzaba la nube. Entre el agotamiento, la suave pendiente, y el fuerte viento, la percepción del movimiento era alterada, por lo que a veces sentías que avanzabas cuando en realidad te habías detenido. Fue una sensación muy extraña...

Durante hora y media fuimos perdiendo altura en este mundo irreal, hasta que finalmente emergimos por debajo de la nube. La primera visión del valle, con un río brillando como el oro sobre las estepas del Pamir, fue casi como un sueño. El sol ya se ocultaba tras las montañas, pero luego de la confusión en la ventisca, tanta claridad era un lujo. Rápidamente corregimos el rumbo para retomar la ruta del ascenso. Habíamos descendido siguiendo una línea ligeramente más al norte. Ya relajados, pudimos disfrutar de la magia de deslizarse sobre la nieve, aunque nuestros exhaustos cuerpos se negaban a hacer los movimientos más elegantes. Cuando llegamos a nuestras carpas, ya alguna estrella brillaba en el pálido azul del cielo. Tras quince horas de esfuerzo continuo e intenso, un té caliente fue un regalo maravilloso; y el saco de dormir era el más perfecto lugar en el mundo...

Todavía estuvimos en la montaña cuatro días más, desmontando todo el material de los campamentos. Marcus Tobía realizó un vuelo en parapente desde el campamento 1, despegando con los esquíes; y convirtiéndose en el centro de atención del campo base cuando aterrizó junto a nuestra carpa comedor. De todas formas ya nuestro grupo era famoso entre las expediciones, tras correrse la voz de que hacía sólo dos meses que habíamos aprendido a esquiar...

Las etapas del regreso se fueron sucediendo rápidamente, aunque no con menor intensidad. Antes de volver a Pakistán visitamos la antigua ciudad de Kashgar, un oasis al borde del desierto del Takla Makán. Durante siglos ésta ha sido una encrucijada en el comercio del Asia Central, y los días Domingo la ciudad se engalana con un deslumbrante mercado, donde convergen gentes de las más variadas etnias: Uigurs, Kirgizes, Tadjiks, Kazakhos, Chinos, Pakistaníes... Entre la oferta de productos se puede escoger entre un camello, una alfombra de seda, ó un melón.

Retornando sobre la Karakoram Highway, nuevos sueños asaltan nuestros pensamientos. Así comienza un nuevo ciclo, en el cual sin haber regresado de una expedición, ya se está pensando en la siguiente. Pero cada experiencia intensa te marca profundamente en tu interior; y haber ascendido en esquí a las alturas del Muztagh Ata,

Fecha : Julio - Agosto 1999
Patrocinantes : Solera, Merinvest, Cementos Caribe, Arthur Andersen, Movilnet - Iridium
Copatrocinantes : Ginsenosang, Ovejita
Proveedores : Supermercados Unicasa, Loby, Gatorade, FujiFilms, Oakley

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